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In-competencia

Nos deslumbra ocasionalmente la sensación luminosa de estar por encima de alguien. Creemos, hipnotizados, que nuestros semejantes no lo son tanto y que, en virtud de sus sueños, los nuestros se superponen en importancia dando la orden de partida a nuestro ego. Somos pero no somos. Aspiramos a silenciarnos cuanto antes después de hacer el máximo ruido, uno que nos haga ensombrecer temporalmente el eco de todo un valle que en realidad nos supera. En esos instantes aspirados, no somos más que ese fragmento humano entristecido por su pequeñez, e intrigado por su misión en este mundo de inercias predefinidas que llamamos destino. Ser grande es ser pequeño en el maremagno de importancias investidas. Sentirse exclusivo ante el resto es lícito pero dentro del límite de nuestro pensamiento. El límite de la expresión lo rige la convicción de que el resto desaparecerá pronto igual que nosotros mismos. El silencio nos lo recuerda en cada atardecer al que nos sometemos. Ser grande es ins...

Mantener la ignorancia

¿De qué nos sirve el pensamiento cuando el movimiento no está presente en su jugada? Sentimos, vivimos, intentamos gobernar un pedazo de tiempo y espacio en el que nuestra consciencia se debate entre el saber o no saber, entre la felicidad del iluso o la terrible preocupación del razonador. El alma está sin debate cuando el malestar se propaga desde nuestros actos vespertinos y un simple dolor de muelas nos devuelve a la realidad de lo inmediato. No ir más lejos impide de forma natural que las palabras no construyan historias, historias que nacen con exigencia anticipada de interpretación. El mar de los instantes mantienen este pequeño discurrir tranquilo en el que las cuestiones emergen sin descanso, anunciando múltiples finales diferentes. ¿Quién descubre en el debate interior qué nos conviene? Esas historias que nunca serán nos ofrecen sensaciones de poder, de garantía, de capacidad sobre todo lo que ocurrirá en un mañana incierto. El ahora no precisa quizá de tantos recurs...

APRENDER DESAPRENDIENDO

Tanto al comienzo como al final, se manifiesta lo simple con claridad absoluta. Enfrascados en contener lo incontenible, luchamos con uñas y dientes para que nadie toque aquello que en realidad no nos pertenece. Criticamos la actitud en otros sin reparar en nuestras propias manchas malhumoradas. En ellas reside el infortunio del desconocimiento, en ellas, vislumbradas tras la humilde inclinación, encontramos directas respuestas que eliminan nuestra angustia. Nada en realidad nos pertenece de pieles para afuera. Aferrar, sujetar, mantener, temer perder el control de algo incontrolado desde el principio es nuestro propio autoengaño fabricado. Un enorme pecado incongruente en el que nos empeñamos en resbalar a diario para que no se nos olvide, al golpear contra el suelo, que la tierra sigue manteniendo nuestro peso hasta el final de este pequeño y efímero viaje. Mantener con certeza esta prudencia revelada y no mirar más lejos del ahora, nos enseña que el futuro imaginado no pint...

Hacer sin hacer, nacer sin nacer

Man on verandah  (David Alexander Colville, 1920-2013) Si hablamos sobre el no hacer , la contaminación que nuestra mente ha adquirido a lo largo de todos estos años hará su aparición mostrándonos un significado simple, directo, inequívoco. Se trata de estarse quieto y de no hacer nada. Sin embargo, estar quieto no significa obligatoriamente no hacer nada, sobre todo si nos referimos al concepto tradicional de Wu Wei del que ya hemos hablado en otros espacios. Ante la premisa de dejar de hacer no se nos ocurre inicialmente gran cosa. Para comprender mejor el significado profundo de esta instrucción debemos trasladarnos a nuestro almacén de recuerdos, sentarnos a meditar sobre lo que sentimos en aquella ocasión en la que, sin quererlo quizá, nos quedamos quietos en mitad de una calle muy transitada absortos en nuestra observación. Podemos encontrar este significado en la sensación, en el sentimiento de calma que produce lo simple frente a lo complejo, lo lento frente a lo ...

Algunos hombres no tan buenos

En nuestras profundas reflexiones sabemos  que queremos ser mejores que alguien o que algo. Sentimos esa pulsión sin llegar a distinguir con claridad cuál es el objeto de nuestra  premura por transformarnos en direcciones diferentes a aquellas en las que nos encontramos. El actor es, sin duda, nuestra propia naturaleza que empuja hacia arriba por más que la lastremos entre cosas, sueños e irrealidades. El alma que sucumbe a la opresión de lo cómodo no es otra que la misma que produce la queja sobre la monotonía de la que pretende alejarse. Todo es cambio y el Tao integra este pensamiento, este discernimiento, esta ilusión en un flujo interminable de alternancias entre lo evidente y lo oculto. Queremos desentrañar los misterios que corresponden a entidades superiores a nosotros mismos, quizá porque una parte de esa entidad milagrosa que llamamos Tao nos contiene y es parte de nosotros al mismo tiempo. No podemos desembarazarnos de esa intención porque forma parte int...

Armonízar la dependencia

Asumimos papeles de mando cuando apenas somos capaces de gobernar nuestros instintos. El ego permanente se encarga de dar al traste con todo aquello que imponemos para contramedir el impulso animal primitivo. Esta convivencia entre ego fabricado y animal sin domesticar coexisten frente a un alma hambrienta de serena compatibilidad. Lo alto y lo bajo se manifiestan de esta forma impidiendo la emergencia del término medio que alimenta el equilibrio de los opuestos. Queremos gobernar desde arriba sin reducirnos a lo que consideramos abajo, sin caer en la cuenta que lo que es allí también es aquí . Descubrimos al pensar en esto que al final todo es ego disfrazado, porque el instinto real no obedece a restricción, tan solo a conciencia. Reprimir su función antagónica nos lleva a acumular la presión oportuna para un desastre inevitable. Mientras, fabricamos ilusiones que enmascaren los minutos que pasamos frente al espejo para no darnos cuenta de ello en nuestros ojos. La mirada n...

Partir desde la base

Los complejos que inundan nuestra sociedad se diluyen cuando el simple gesto de respirar diferencia con claridad al día de la noche. Esperamos ausentes de nosotros mismos a que el orden sea construido desde el permanente esfuerzo, sin pararnos demasiado a pensar el motivo de nuestra creciente complejidad. Los días se evaporan mientras cansamos el espíritu intentando dilucidar el origen de nuestros demonios. Los sabios aclaran poco cuando nos sumergimos en sus reflexiones interminables, esas que siempre concluyen en la nada inevitable de toda ficticia creación. El Tao nos aguarda en todo constantemente, pero no nos convence su cruda realidad. El hambre de sentido del hombre nos impulsa a construir castillos de aire en los que no cabe ni un alfiler cuando conseguimos saturar de tonterías nuestro presente. Desde ahí el pasado se vuelve lastre y el futuro un muro infranqueable; tan solo un momentáneo instante de silencio resquebraja nuestra propia obstrucción construida y, de golp...