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Lo que se pliega se conserva entero.67


Descubrir los intrincados pormenores del pensamiento no es tarea fácil. Parece que determinadas barreras del sentimiento y del pensamiento se esclarecen con el paso de los años, casi como si el agua de la cascada de pensamientos que tapona la cueva del vacío dejase poco a poco al descubierto su contenido.

En ese instante en el que se percibe el silencio que emana de esa oquedad, justo en ese preciso momento, es cuando aparece una súbita comprensión inesperada. Durante un instante pienso: ¿para qué el esfuerzo de buscar siendo todo tan fácil como cumplir años? Quizá, debemos mantenernos lo suficientemente cerca de la cascada para vislumbrar lo que hay detrás de ella, hasta que el flujo de interrupciones constante comience a descender. 

Ese silencio que sale del vacío de la roca, esa sonora ausencia de sonido, parece una metáfora del procedimiento oportuno para la vida: «actuar sin intervención»; como dirigiéndonos según el viento, como surfeando una ola que no sabemos en qué momento cogimos, como si estuviésemos en caída libre infinita hasta toparnos con alguna referencia real surcando los cielos sin descenso.

El alma vuelve siempre a pedir clemencia cuando la desgastamos en el olvido del día a día. Hemos pervertido la espiritualidad para convertirla en un mero producto de vitrina, carente de significado real, uno que se siente sin palabras. De esa falta de certeza surge el miedo insoportable hacia la muerte. De esa carencia de espiritualizar de verdad la vida diaria tomamos conciencia de la finitud de todo lo demás, sentimos que dejamos de ser algo con sentido para convertirnos en plañideras que discuten la insoportable levedad de un ser equivocado. Pensar en el fin es una proyección excesiva cuando lo mundano nos pide presencia inmediata para abonar nuestros corazones con verdades y esperanzas.

Sentados frente a ese vacío bipolar, sin velos que interrumpan la percepción, controlando la constante emergencia de preguntas que nunca obtendrán respuestas convincentes, en ese estado ensimismado, lo más profundo de la roca nos muestra toda la luz que reside en su absoluta oscuridad, todo el fuego que nace del agua, todo el espíritu que emerge de una materia que comenzó a descomponerse nada más aparecer.

Sentado frente al vacío podemos entender la premisa de plegarse, de doblarse, de no intervenir en el proceso luchatorio sin sentido. La paz viene del silencio y no de respuestas convincentes, aunque necesitemos algunas de ellas para descansar de los permanentes misterios de nuestra minúscula magnitud. Necesitamos cultivar el alma que recibimos del cielo sin productos que no le corresponden. Sentir el instante, amar a las personas, comprender sus situaciones, posicionarnos detrás de lo que acontece para tener una mejor perspectiva no interrumpida por nuestra propia y perenne sombra.

En ese espacio de detrás, sin aparecer delante de nosotros mismos, podemos percibir la vida en su estado puro como un hálito que impregna el universo. Jugamos en silencio, solitarios, escondidos de nuestro yo más insidioso para que nadie nos moleste el proceso, para que el pensamiento no se trastorne y se vuelva autónomo y sin alma, sin nuestra alma. Dividir el proceso nos aleja cada vez más de lo importante, nos hace olvidarnos de nuestro verdadero ser infinito, un ser que nunca puede desaparecer cuando la unión se fundamenta lo suficiente.

En ese doblarse para seguir recto entendemos la idea de estar en nosotros mismos, sin interferirnos de errores de procesos mentales que van por libre, cultivando nuestras almas a diario, sin pensar para adentro lo que corresponde al afuera, sin una narrativa prefijada de algo que escapa a predicciones, sin perder el rumbo ascendente que nos propone el cielo en su unión con la tierra.

Nada de esto depende de nuestra inteligencia, de nuestra memoria o de nuestras capacidades para la lógica; todo ello no es más que un proceso recurrente sobre sí mismo, un uróboro que no termina nunca de tragarse según van pasando los años, mientras flota en el estanque de pensamientos que caen de su propia cascada limitante.

Es preciso abrir el círculo recurrente, borrar la narrativa, dejar que el pensamiento se deshaga por si mismo mientras flotamos en el mar de conjeturas descartadas, orientar la vista interior hacia la cueva para ver la propia transparencia natural de la cascada y sentir, pacientemente, la vida mientras la luz de su interior comienza a vencer a la oscuridad de nuestros más opacos pensamientos.


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