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Dao De Jing. Subir lento y bajar pronto. 66

Llevar tacones o ponerse de puntillas nos hace parecer altos como no somos. En el Tao la apariencia choca frontalmente con la realidad para conjugar sus pareceres. No podemos elevarnos más de lo que somos, pero ¿quién sabe realmente lo que es? El deseo de estar vinculado al mundo, de formar parte de él sin menoscabos no es cuestión baladí.

Es el ignorante el que sueña con un trono solitario desde el que ser admirado pero incomprendido. La fama no es apta para aquellos cuya misión es mundana, diaria, constante y sin brillo. Es importante no aspirar a aquello para lo que no estamos hechos, para lo que no estamos preparados o para lo que sentimos que nos acabará destruyendo como a tantos.

Las cimas están para escalarlas y bajar de ellas de inmediato. La visión, el eco de la imagen que nos permite el ascenso y la cima misma son ya diferentes cuando bajamos reflexionando sobre todo ello. La bajada entraña también sus peligros, pero el espíritu pleno por la cercanía del cielo sigue ensimismado en el inmediato recuerdo de estar por encima de las nubes.

Así, ser y parecer se confunden mientras que la misma bajada desde aquello que conseguimos nos ayuda a ir pensando en la siguiente; el próximo reto que nos enseñará, nos dañará y nos elevará como siempre ocurre cuando perseguimos sueños de cualquier tipo. Dejar de soñar es dejar de vivir porque, aunque la vida no es un sueño, son los sueños los que nos preparan para vivir una vida ascendente y con sentido. Son los sueños que vivimos en los juegos infantiles, los que nos enseñan qué significa ser rey o reina, cómo se siente el maltratado, como se angustia el perseguido y cómo palpita el corazón cuando la felicidad y el esfuerzo van de la mano en un mismo momento.

El cielo nos enseña desde arriba con sólo mirarlo, pero tenemos que intentar ascender, dejarnos de un Tao mundano apagado, inservible, que mantiene en remojo las legumbres de nuestro sentido común para intentar parar el dinamismo explosivo de la vida. No es cierto, el Wu Wei no es quedarse parado, es ir en busca del origen, del presente y del destino en un único caminar constante, ascendente y esforzado hacia las cimas que nos llaman desde el cielo.

Es el alma el que lo sabe, el espíritu el que conecta los engranajes de una mente que deja de dudar entonces, califica su presente como punto de partida y pinta un camino hacia el cielo lleno de los colores que presiente en su interior. Es el alma el que lo dicta, es el espíritu el que lo sueña y es la mente la que percibe la orquesta sinfónica de cada instante navegando entre nosotros con sus pros y sus contras amontonados.

Mirarse en un espejo es la mejor forma de tropezar cuando la carrera es continua, cuando la mirada se exige al frente y el suelo que pisamos nos muestra sin miramientos que nada es regular en el camino. Saltar, caer, levantarse, volver a correr, descansar y mirar hacia arriba sin desanimo; nada importa salvo el camino y recorrerlo con perseverancia.

Volvemos a mirar desde arriba, de puntillas, rápido para no ser observados y tomamos aquello que necesitamos, que está justo por encima de nosotros, no muy alto, quizá unos pocos dedos de más, esos que separan nuestros talones del suelo. Ahí estamos un pequeño instante para volver a bajar y recuperar el sólido paso que la vida nos exige momento a momento.

Así caminamos, con la ilusión de nuestras visiones, con el valor de un presente lleno de sentido entre nosotros mismos y junto a todos aquellos que circulan a nuestro alrededor. Todos y todas las que en ese preciso instante pueden tener la misma experiencia, sin posibilidad de compartir el sentimiento; eso es solo para la mirada y algo que no sabemos descifrar.

Esa es la gratitud hacia el cielo, la postura humilde del que comprende que todos los procesos contenidos están siempre en su máximo valor inmediato. Que aquello que soñamos puede ser parte del sueño de otros, que aquello que amamos puede ser el mismo amor que otros perdieron y que aquello que añoramos está en un espacio y tiempo en el que no existe la añoranza.

Conscientes de la magnitud de las distancias, nos conformamos con nuestro poco y con el poco tiempo que nos da la existencia para comprender que nadie es más que nadie y que todos y todas estamos juntos en esta eterna y trascendente experiencia de existir.

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